“Se acercaba el Día de la Madre. Un niño de nueve años había hecho, con sus propias manos, una canastilla de cañas para obsequiársela a su querida madre. Todos los días, desde una semana antes, el muchacho, a escondidas, sacaba el regalo y lo contemplaba con orgullo. Si alguna de las cañas se había zafado, o no estaba bien sujetada, el niño la cambiaba y modificaba todo el diseño de la canastilla.

Llegó por fin el Día de la Madre. Había acordado con su hermanita que cada uno llevaría su regalo a la mesa para darle la sorpresa a la mamá. Cuando llegó el momento, la hermana llevó el suyo, pero el niño no aparecía por ningún lado. La madre, después de un buen tiempo, lo llamó, pero él no salió de su cuarto. Así que ella puso el oído a la puerta, y oyó al niño llorando.

Muy sabia y discretamente, la madre abrió la puerta y vio a su hijo sentado en el piso, con el regalo entre las piernas, todo aplastado. Lo había ocultado detrás de un escritorio, y alguien había movido el escritorio y había destrozado la canastilla.

Sin decir nada, la dulce madre se sentó junto al hijo y empezó a rehacer la canastilla, caña por caña. El niño comenzó a secarse las lágrimas, y a medida que la canastilla volvía a tomar forma en las manos de la mamá, más y más amplia se hacía la sonrisa en su inocente rostro.

Al terminar la madre la tarea, fue con su hijo hasta el comedor con el regalito, y el niño experimentó ese día el Día de la Madre más inolvidable de toda su vida. «Lo recuerdo perfectamente, porque aquel niño era yo mismo.»

Una de las cosas de mayor significado es la realidad, de haber sido creados por Dios, cada uno de nosotros formado y además determinado para ser una persona especial, con un propósito que Dios mismo determino, pero al igual que la canastilla de la historia, nos echamos a perder, rápidamente, nos deformamos y llegamos a ser aquel regalo que ya no debería ser entregado a nuestro Dios, sin embargo Dios en su misericordia tiene un plan para nosotros.” [i]

Esta historia ilustra la grandeza de esta madre para con su hijo amado, aquí esta madre representa a nuestro Señor Jesucristo, que con su gran amor nos creó a su imagen y semejanza, habiéndonos moldeado al comienzo con barro, para después darnos el soplo de vida.

“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.” Génesis 1: 26, 27 [ii]

“El hecho de que somos llamados a soportar pruebas demuestra que el Señor Jesús ve en nosotros algo precioso que quiere desarrollar.  Si no viera en nosotros nada con que glorificar su nombre, no perdería tiempo en refinarnos.  No echa piedras inútiles en su hornillo.  Lo que él refina es mineral precioso. El herrero coloca el hierro y el acero en el fuego para saber de qué clase son. El Señor permite que sus escogidos pasen por el horno de la aflicción para probar su carácter y saber si pueden ser amoldados para su obra.

El alfarero toma arcilla, y la modela según su voluntad.  La amasa y la trabaja.  La despedaza y la vuelve a amasar.  La humedece, y luego la seca.  La deja después descansar por algún tiempo sin tocarla. Cuando ya está bien maleable, reanuda su trabajo para hacer de ella una vasija. Le da forma, la compone y la alisa en el torno. La pone a secar al sol y la cuece en el horno. Así llega a ser una vasija útil. Así también el gran Artífice (nuestro Señor) desea amoldarnos y formarnos. Y así como la arcilla está en manos del alfarero, nosotros también estamos en las manos divinas. No debemos intentar hacer la obra del alfarero. Sólo nos corresponde someternos a que el divino Artífice nos forme.” [iii]

“Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría.” 1 Pedro 4: 12, 13

Cuando una vasija se rompe, es decir, vidas destrozadas, arruinadas, estropeadas por el pecado, (estar separado de Dios). Cristo vuelve a tomar en sus manos esta vasija que alguna vez hizo, la recompone y regenera.

Cristo es el gran Carpintero de las almas. Tiene amor, tiene paciencia, tiene sabiduría y tiene poder. Puede recomponer cualquier vida hecha escombros por el pecado. Y Él sólo está esperando que nosotros, con lágrimas y con esperanza, le entreguemos nuestra alma.

“Palabra de Jehová que vino a Jeremías, diciendo: Levántate y vete a casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras. Y descendí a casa del alfarero, y he aquí que él trabajaba sobre la rueda. Y la vasija de barro que él hacía se echó a perder en su mano; y volvió y la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla. Entonces vino a mí palabra de Jehová, diciendo: ¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? dice Jehová. He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel.” Jeremías 18: 1 – 6

Como mencionamos anteriormente el Señor nos formó a su imagen y semejanza y somos representados como una vasija moldeada por ÉL, debemos dejar ser conducidos por ÉL en todos los aspectos de nuestra vida para ser fieles embajadores y luz a donde quiera que vayamos. Bendiciones.



[ii] Todos los versículos son tomados de la versión Reina-Valera 1960

[iii] El ministerio de curación, Cap. 40 – Ayuda en la vida cotidiana, Pág. 228 – La disciplina de las pruebas, Elena G. de White, Editorial Asociación Casa Editora Sudamericana, Año 2007

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